“Más que a nadie”, canción de Joan Manuel Serrat (poema de Luis Cernuda) :
“… Que te quiero más que a nadie y más que a nada,
te lo he dicho con mis ojos centinelas, te lo he dicho con mis manos que te celan,
te lo he dicho con mi lengua enamorada.
“Buena parte de nuestra vida, amigo Flavio, transcurre mientras buscamos abrigo,. Como una nave estremecida por los vientos, intentamos encontrar abrigo que nos proteja de los amenazantes escollos, y que nos permita descansar, mecidos por la calma.
Como el marino exhausto que ha vencido una vez más a la muerte, creemos contemplar el paraíso cuando el agobio de nuestras preocupaciones, el helado frío que atenaza nuestros recuerdos, desaparece abrigo de las palabras de un amigo o del cálido abrazo de un cuerpo que nos ama. Sentimos cómo la mirada de nuestros hijos templa nuestro desasosiego y llena nuestro ánimo con la suave carga del amor eterno. Notamos cómo el peso de nuestras responsabilidades se diluye entre las cuatro paredes que conocemos, como si nuestras cosas, nuestras efímeras posesiones , llenaran de sentido cada instante, ya pasado, de nuestra vida.
“Que te quiero más que a cualquier otra cosa,
te lo he dicho con el sol y los cometas,
te lo he dicho con el viento y la veleta,
te lo he dicho con el agua luminosa.
Podemos dominar nuestra sed, templar nuestras ansias e, incluso , doblegar nuestros instintos. Podemos vencer la enfermedad y enfrentarnos con nosotros mismos en la lucha que dura tanto como nuestra propia vida. Podemos pactar con el tiempo, refugiarnos de su despiadada carrera con el dulce fármaco de nuestros recuerdos, como si sumergirnos en lo que fuimos aplacara el curso de los años en un remanso quieto, en un lago tranquilo cuyas orillas se dibujan al abrigo de los vientos.
Ahora, querido Flavio, puedo decirte que mi vida ha detenido su carrera. Ya no me atraen los hombres ni la fama, ni creo que en el otro mundo, donde la calma parece que ha de presidirlo todo, las glorias pasadas me rediman de las innumerables veces que equivoqué el rumbo de mis actos. Todavía recuerdo las noches que pasamos en vela, poseídos por la venenosa enfermedad del trabajo y desvelados por la equivocada creencia de que estaba en nuestras manos redimir el mundo entero.
Que te quiero, te quiero, mujer.
Que te quiero,y no hay nada que hacer.
Te escribo desde el patio de la casa de Rena en Paros, el lugar del que tantas veces te hablé, mientras compartíamos el deleite del poder y el amargo don de las responsabilidades. A la luz del candil, rodeado por los ecos del mar y de los pasos de Rena, arropado por la brisa a salvo de los honores de Roma, creo que he encontrado el abrigo definitivo: la calma. La paz.
Que te quiero sobre todas las mujeres,
te lo he dicho con el pan de cada día,
te lo he dicho con el miedo la alegría,
con el tedio que nos mata y que nos muere.
No tengo remedios que mitiguen tus angustias, ni drogas que alivien tu severa melancolía. Sólo puedo decirte que Roma se ha transformado en una hoguera en la que están ardiendo todos los ideales que, en otro tiempo , nos alimentaron. La libertad se ha convertido en una excusa y la ley ha terminado por proteger más al que la incumple que al ciudadano celoso, preocupado por su cumplimento. La política se ha transformado en un ejercicio diario de vileza que ha trocado la “res pública” en una fortaleza inexpugnable en la que se han atrincherado catervas de rufianes y los ciudadanos, contagiados por las maneras de sus representates, han olvidado la razón y han entregado sus esperanzas.
Que te quiero como nunca te han querido,
te lo he dicho recreándome en la suerte,
más allá de la vida con la muerte,
más allá del amor con el olvido.
Es difícil, Flavio, abrigarse de los peligros de Roma, pues ¿quién puede evitar que las olas, alimentadas por un viento que no cesa de soplar, acaben por derrumbarse los diques que nos protegen de su furia?.
Yo estoy lejos ya, amigo mío. Las furiosas olas que alimenta la política se desventan en el patio de la casa de Paros, y mi corazón late alimentado sólo por mis sueños”.
Que te quiero , te quiero, mujer.
Que te quiero y no hay nada que hacer.
Más que a nadie y más que a nada…”























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