¿Por qué negarse al diálogo con ETA?

Resulta desconsolador saber que los distintos gobiernos, que desde 1976 formalizaron con mínimo realismo distintas estrategias para iniciar el diálogo con ETA…, no supieron caminar…

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Resulta desconsolador saber que los distintos gobiernos, que desde 1976 formalizaron con mínimo realismo distintas estrategias para iniciar el diálogo con ETA, exigiendo la entrega de las armas y la rendición total, no supieron caminar por la angosta senda de la palabra. Se les hacía muy cuesta arriba.

La primera reunión entre una rama de ETA y un representante del ejecutivo español, tuvo lugar en noviembre de 1976 en Ginebra (Suiza). El entonces comandante Angel Ugarte, jefe de los servicios de inteligencia en el País Vasco, se reunió con los dirigentes de ETA político-militar Xabier Garaialde, Erreka, y Jesús María Muñoa, Txaflis. Tras este encuentro se concertó una segunda reunión, en diciembre del mismo año, en la misma ciudad, a la que, además de los dirigentes citados, acudieron en representación de ETA militar José Manuel Pagoaga, Peixoto, y José Luis Ansola Larrañaga, Peio el Viejo.

Años más tarde, en diferentes lugares, con distintos interlocutores, se habló en varias ocasiones de tregua, sin que jamás se aprovecharan esas pausas para comenzar a construir el diálogo, poniendo en marcha algo tan esencial como el traslado de los presos a la cárcel más próxima a su hogar. La ley orgánica general penitenciaria contempla esa y otras medidas como algo habitual, que ayudan a que los familiares de los penados no tuvieran que cruzar media península, o toda ella, e incluso más allá, para llevar afecto a los suyos (1).

Sin embargo, según se desprende de lo conocido hasta hoy, parece ser mucho más útil, a la vez que democrático, dejar que el rencor, el desprecio y el castigo económico, fustiguen a los familiares de los reclusos. Tal vez debemos admitir que un etarra no es un delincuente a quien deba promocionar la TV, un asesino tan admirado como el bailarín Farruquito, que incluso pudo elegir la prisión Sevilla-2, que es la más cercana a su domicilio, para cumplir la ridícula condena que se le impuso, tras haber arrollado (sin carné) con su lujoso automóvil a un ciudadano, causándole la muerte, luego escapar sin siquiera prestarle ayuda y en último lugar echarle la culpa del hecho a un familiar. Sin embargo, un joven que quemara un contenedor de basura en Bilbao, se arriesga a ingresar prisión al menos durante cinco años, a mil kilómetros de su casa. Una curiosa justicia.

Los familiares de la víctima atropellada no figuran en la lista de ciudadanos que se integran en la AVT; ni los trabajadores muertos por la negligencia gravísima de decenas de empresarios, ni las mujeres asesinadas por sus compañeros sentimentales. Casi todos ignoran que su dolor, que compartimos y respetamos quienes apostamos por el diálogo, es manipulado con fines situados más allá de la solidaridad, cual es el inmovilismo de esta dictadura simulada, que tanto interesa a la Corona y a los líderes de varios partidos políticos; y también es cierto, que en el seno de ese colectivo no se encuentran los allegados, igualmente dolientes, de aquellos a los que el terrorismo de Estado (las bandas incontroladas), han asesinado impunemente a lo largo de los últimos lustros. La fractura es entonces gravísima. Hay una violencia comprensible y otra inadmisible.

Siempre que se habla de la conveniencia del diálogo con ETA, salen a la palestra, armados de insultos, denuestos y descalificaciones, miles de presuntos demócratas (entre los que hay muchos que se dicen cristianos), esgrimiendo como únicos argumentos la rasgadura de sus túnicas mentales y un ansia enfermiza de venganza, dispuestos al linchamiento de cualquier presunto sospechoso de pertenencia a la organización armada, aunque haya cumplido una larga condena en la cárcel. No son capaces de deducir que la indignación, la rabia, son emocionalmente comprensibles, pero nulas desde una óptica intelectual. Claro que esto resulta algo complicado, cuando es Rubalcaba o el Rey quienes deben entender el trasfondo de tal afirmación. Y más aún si desde la prensa, la radio y la televisión, se alienta de manera dramática a creer en la Ley del Talión, la cadena perpetua, o la conveniencia de la reimplantación de la pena capital.

Cuando ministros de Interior, con escasa imaginación y rigor intelectual, como eran José Barrionuevo (secuestrador y malversador de fondos públicos), o aquel Rambo venido a menos llamado José Luis Corcuera (solidario con el anterior), o Juan Alberto Belloch (hoy bendiciendo al fundador de la artera secta del Opus Dei, como fue Monseñor Escrivá de Balaguer), o Mariano Rajoy, o Alfredo Pérez Rubalcaba, hablan de los éxitos policiales, y un mandatario como Zapatero rubrica la simpleza con frases como “Que nadie se llame a engaño: ETA puede seguir matando”, sólo están reconociendo que el conflicto resulta mucho más complicado de lo que se quiere hacer creer a la sociedad.

Cuando más del 15% de los adolescentes vascos justifican las acciones de ETA, y a casi otro tanto les importa poco o nada, nos encontramos ante el hecho consumado de que un 30% de los habitantes más jóvenes de aquella nación, no condena a la organización armada (2). Luego habrá que deducir, utilizando los silogismos de esta democracia de rebajas, que en Euskadi existen miles de futuros militantes, que hoy tienen entre 12 y 16 años. ¿Es ETA, por tanto, únicamente un fenómeno de carácter terrorista, o bien algo terriblemente más sutil, un escenario donde se asegura la sustitución de cualquier detenido por otro liberado, durante el próximo siglo? Evidentemente, este es un conflicto clavado muy hondo en la médula espinal de toda la sociedad.

Y para colmo, en esa delicadísima situación, el poder no ha hecho otra cosa que rogar a los empresarios de Falsimedia que, encantados de la vida, chantajeen a sus redactores y editorialistas con el fin de que, éstos a su vez, intenten persuadir a la ciudadanía de que no existe otra solución para “acabar con ETA”, que la policial, aunque Zapatero y Rubalcaba confiesen en privado que esa vía no puede ser exclusiva para terminar con la violencia.

¿Por qué no utilizar entonces la mediación internacional?

¿Por qué negar la eficacia del diálogo, cuando se trata de encontrar una salida a la terrible plaga que supone que un adolescente de 14 años, sueñe con entrar en una organización armada, arriesgando su juventud, su vida y la ajena, para lograr objetivos políticos?

¿Por qué negarse en rotundo, en nombre de una falsa dignidad, de una supuesta cobardía, a entablar conversaciones con la dirección de ETA, por muy debilitada que se encuentre, si se puede lograr que las bombas y los disparos callen para siempre?

¿No es gratuito lamentar que haya una gran parte de la sociedad, que sospecha que en las cloacas del estado existen intereses espurios para que continúe derramándose el dolor?

¿Es acaso una quimera imaginar que ha de llegar el día en que los diputados y concejales, periodistas y jueces, profesores o empresarios, no tengan que llevar guardaespaldas, que no existan sobresueldos, ni tráfico de drogas (con un jefe de la Guardia Civil al frente, como Galindo, y hace un par de días el teniente coronel de la Benemérita Juan Miguel Castañeda), o prebendas entre los miembros del aparato policial que destinado en Euskadi?

En este largo medio siglo de existencia de Euskadi Ta Askatasuna, no se ha logrado otra cosa que aumentar la impotencia y el sufrimiento de toda una sociedad, que asiste incrédula a la ceremonia de la condena en sesión continua, escuchando soflamas en las que vuelan las palabras huecas e inútiles, hasta que ETA vuelva a actuar con su habitual cerrazón. Y entonces, habrá más discursos vacíos, más manifestaciones, más odio, más lágrimas, y ningún resultado.

Llevamos así  50 años. ¿Cuántos más habrá que esperar para que la razón y la inteligencia, la voluntad y la palabra sustituyan a los atentados, las detenciones, la hipocresía y la tortura?

Somos muchos los que opinamos que ETA debería abandonar la lucha armada, pero también que el estado debe convencerla de ello a través del diálogo, con la palabra en la mano, hasta su definitiva autodisolución.

Kaosenlared.net

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