¿ a quien extraña la corriente inde­penden­tista, el independentismo catalán? La paciencia demostrada por el pueblo catalán en relación al Estatut que había sido aprobado por to­das las instancias políticas del Estado y del Parlament ha sido atacada frontalmente por el Tribunal Constitucional. El Tribunal ha despreciado la causa catalana y los sentimientos catalanistas en los mismos términos que los despreciaba y persiguió el franquismo du­rante los cuarenta años que duró.

La España del PP es la   causante de todo, porque esa España no sólo está en la oposición y en gran parte de las instituciones políti­cas, aparece también en ese Tribunal que parece salido de la calle del Reloj madrileña. Ese Tribunal es la prolongación de la España cavernícola. Y su sentencia es lo que ha empujado a una in­mensa mayoría de catalanes y otra gran parte de no catalanes que profe­samos el soberanismo hasta los máximos extremos, a desear su in­dependencia. Catalunya tiene derecho a decidir. Catalunya tiene to­dos los ingredientes que explican por qué unos países son sobera­nos y otros no. Su territorio, su lengua, su idiosincrasia, sus costum­bres y una histo­ria que nada tiene que ver con la España de los otros, justifica por qué Catalunya está en perfectas condiciones para seer independiente, y cuanto antes. Esto mismo es aplicable a Euz­kadi con tanta o mayor razón al haber sido Euzkadi un ejemplo de opresión por parte del castellanismo, gran parte de su existencia.

Hablaba ayer del contraperiodismo: ese sentimiento de aversión a los periodistas que juzgan hechos que se explican por sí solos y de­bieran abstenerse de juzgar, y se niegan, en cambio, a apoyar y a avalar la causa independentista catalana o vasca.

Hoy la Vanguardia publica unos sondeos que debieran dar que pensar: un 47% de catalanes o de empadronados en Cataluña quiere la independencia. Los periodistas hablan a favor o en contra, pero ninguno habla de la posibilidad federalista que alejaría el fan­tasma del independentismo que anhela más de media Cataluña y que tanta ira despierta en los soberbios. ¡Por qué tienen tanto   miedo al federalismo y, en su caso, a la independencia de los territo­rios que quieren escapar a la bota de la España prepotente, a la Es­paña de los clérigos, de los ricos, de los cínicos y de los intole­rantes! Pero ¿es que en el caso de que consiguiera Catalunya la in­depen­dencia o la solución federalista, habría de ser Catalunya bo­rrada del mapa? ¿es que los que quieren la independencia o el fede­ra­lismo van a llevarse las tierras a otra parte? ¿no será más bien que esa calaña de españoles que impiden el federalismo o la inde­pendencia creen que Ca­talunya es suya, que es de su propiedad?

Se habla de los separatistas y de los separadores. Los separado­res son esas legiones de periodistas precisamente que braman co­ntra la independencia de Catalunya y Euzkadi pero alientan con sus desprecios y su persecución en los medios todo cuanto Catalunya ama y produce. Estos separadores aparecen por todas partes. Los he tratado y he tenido que callarme multitud de veces para no em­prender yo una guerra asimétrica en el ojo del huracán que está en Madrid y periferia, sin posibilidad alguna de éxito.

No hay que ablandarse, no hay que enfriar este estado de ánimo que cunde por Catalunya desde que más de un millón de personas bramase por la independencia. Hay que arreciar. Estos ingratos, chulos, prepotentes, inicuos, bravucones, fascistas o simplemente conservadores de lo propio y negadores de lo ajeno, no pueden sa­lirse con la suya. Hay que presionar lo suficiente al poder político hasta que el poder político reviente de vergüenza por impedir una convivencia democrática que se impone por la fuerza de las resolu­ciones judiciales y las armas que tienen detrás.

Jaime Richart
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